LAS ROSAS DE MONCHIGUERA.

07 febrero 2009
Permanecieron allí durante por lo menos 38 años que son los que acabo de cumplir. Yo me acuerdo de ellas porque solía pasar por delante de aquella casa grande e irremediablemente me asaltaba su olor. Un aroma dulce y delicado que hoy en día recuerdo tiernamente cuando alguien me regala un ramo de rosas. Pero estos olores ya no son los de antes. Ya nada es como entonces, ni tan siquiera yo misma.

Recuerdo las mañanas claras de primavera, cuando mi padre nos llevaba en la moto a mi prima, a mi hermana y a mí al colegio de las monjas de la Cruz. Pasábamos por delante de Villa Asunción y siempre me quedaba como hipnotizada mirando las dalias y las rosas que allí crecían de manera para mí casi milagrosa.

Mi madre sin embargo opinaba que mejor sería plantar en aquél terreno manzanos u olmos, ya que así darían sombra en el verano. Porque en mi pueblo hace mucho calor. Las fiestas que son en el mes de agosto, son muy bonitas pero también muy calurosas. Así que lo que decía mi madre era muy razonable, aunque a mí particularmente no me gustara la idea de que cualquier mañana al bajar hacia el colegio, no estuvieran las flores y ocuparan su lugar olmos y manzanos.


Monchiguera era un hombre pequeño y de mal carácter. Siempre estaba enfadado; sin embargo recuerdo a su mujer como una persona dulce y de buen humor.Tenían dos chicos que correteaban por el pueblo, tirando piedras a los perros indefensos que vagabundeaban libremente por las calles. Pero mi recuerdo más palpitante es el de Monchiguera, hombre rudo e insensible cuidando el jardín de su casa; cavando y aireando la tierra, regando cada rincón, podando y trasplantando los rosales para que en primavera se convirtiera en un vergel maravilloso.





A mi hermana y a mí nos encantaba bajar al pueblo rodeando su casa. Siempre nos quedábamos absortas mirando las flores. Parecía aquella una casa de cuento. Y a mí especialmente me transportaba su visión a un mundo mejor, más dulce y delicado, más acorde a mi manera de ser.

Intuía viendo aquellas rosas de colores que la vida era así: rosa, roja, blanca, amarilla...pero también hiriente y espinosa. Esto último lo descubrí una soleada mañana de mayo. Bajábamos a la escuela con mi madre, y al pasar por Villa Asunción me solté de su mano y entré al jardín. Me apetecía muchísimo regalarle una rosa, no en vano era de los pocos días que nos llevaba ella al colegio, taréa esta encomendada a mi padre.

Mi madre trabajaba en el mercado del pueblo vendiendo la verdura que cada mañana mi padre traía del huerto. Por eso aquella rosa recobraba un valor especial; solo que si sus pétalos eran delicados, las espinas que se me clavaron como agujas, cosieron sobre la palma de mi mano el primer dolor en mi corta vida.

En mi casa siempre he oido que no hay que ser amigo de lo ajeno. Lo decía mi abuelo Cirilo que era el padre de mi madre. También era republicano. Recuerdo de él su pelo blanco como la nieve, pero sobre todas las cosas recuerdo su olor. Olía a campo y a flores apretadas. Mi abuelo era un hombre de estatura media y siempre llevaba bastón, aunque estuviera sentado. A mí me parecía un poco serio, pero cuenta mi madre que de eso nada. Ella lo recuerda hoy como yo recuerdo a mi padre. Con bondad y muchísima ternura.

Amigo de lo ajeno quería decir robar al vecino o algo así, lo que pasa es que los mayores utilizaban unos términos que entonces no entendíamos.

Eso nos lo decían porque alguna vez nos habían visto entrar en el jardín de Monchiguera para cortar las rosas. Y claro, en el momento que éste salía y lo descubría, se armaba la marimorena. Lo malo era cuando mi madre hacía pescado para comer. No lo digo porque no me gustara, sino porque me tocaba siempre a mí pedir el perejil a Monchiguera. Abría la puerta y se me quedaba mirando como si estuviera delante el mismísimo demonio. Luego me hacía pasar a la casa y mientras él salía a buscarlo yo miraba y remiraba las cosas de su cocina. Tenía pimientos colorados y secos colgados de la pared. También colgaba ajos y calabazas encima de la chimenea y aunque no había rastro de flores por ningún lado de la casa, inconfundiblemente olía a ellas.

Cuando Monchiguera entró a la cocina me ofreció el ramillete de perejil como si me regalara un ramo de hermosas dalias. Parecía imposible que unas manos tan rudas como aquellas no destrozaran aquél ramito terso. Entonces le miré a los ojos y descubrí su ternura.




Cuando iba camino de mi casa pensaba que un hombre como aquél tenía que tener algo oculto en su alma. Tal vez poseía un dón especial para la floricultura y mientras lo pensaba, mi sonrisa florecía como una rosa alegre.


Mi pueblo pertenece a la Ribera de Navarra. Es un sitio pequeño donde todos nos conocemos. Tiene una plaza donde está el ayuntamiento, y todos los 15 de agosto desde su balconada lanzan el cohete que anuncia el comienzo de las fiestas. En casa nos vestimos de blanco con el pañuelico rojo sobre el cuello. Mi madre se pone guapísima, porque ella es muy rubia y le favorecen los colores. Mi padre que era alto como un pino no se vestía de blanco, pero el pañuelo sí se lo colocaba. Como también se ponía un sombrero de paja todos los años por estas fechas. Decía que los sombreros siempre le habían quedado bien. Yo, ahora que lo recuerdo, pienso que tenía razón. Mi padre era un hombre del campo, del aire y de la luz. Sus manos parecían cepas retorcidas, pero sus ojos tenían siempre el color del cielo navarro.

Tengo 3 hermanos. Una chica mayor que yo, y dos chicos también mayores. Yo soy la más pequeña pero mi madre dice que tengo el corazón muy grande. Y es que mi madre es muy madre de todos su hijos. Ella nació en Argentina, en la calle Bernardo de Irigoyen. Conoció a Carlos Gardél y siempre cuenta con orgullo que estubo sentada en sus piernas cuando ella apenas levantaba un palmo del suelo.


Sus padres eran dueños de una lechería donde servían cafés con leche y bollos recién hechos. El negocio les iba viento en popa hasta que la pequeña María, que hoy es mi madre empezó a tener problemas respiratorios. El médico les aconsejó cambiar de clima, por lo que mis abuelos se vieron obligados a dejar el país. Pusieron rumbo a España en el año 1920; es decir cuando mi madre contaba con 8 años de edad. Por aquel entonces descarrilaba la galera de Manuel Pernaut bajando de la romería de Uxué. Hubo bastantes mujeres heridas, pero aún así quedaba alguna que cantaba...¡milagro...milagro de la Virgen que no nos haya pasado nada!. También fue el año donde mi abuelo Cirilo alegó en el sorteo de quintas y escaqueó la mili con otros dos compañeros joteros.


Decía que mi madre junto con sus padres iniciaron la vuelta a Tafalla, cruzaron el atlántico durante un mes y portaron entre sus pertenencias un baúl de madera precioso que hoy conserva mi madre en la habitación de papá. Dentro del baúl está su vida, pero también hay sitio para los disfraces de toda la familia. Y es que la vida es un carnaval.





Cuenta mi madre que se lo pasó fatal cuando llegó al pueblo. Acostumbrada a un medio urbano no conseguía ubicar su corta edad al ambiente rural que entonces la acogía. Vestidita como una princesa paseaba con sus padres por las calles del pueblo, intentando llegar al Mar del Plata. Resonaba en su corazón el último tango de Gardél recordando que veinte años no es nada..¡ que se lo preguntaran a sus padres. Estos con dos hijos pequeños pasaron las de Caín para salir adelante. Compraron 3 vacas lecheras con la malísima suerte de que se pusieron malas y tuvieron que sacrificarlas. Mi bisabuelo entonces se hizo guarda forestál y estuvo 30 años cuidando las llanuras de los alrededores. La madre de mi madre para ayudar a su marido, se empleó en las casas más ricas del pueblo. Cada día asistía a una. Con lo que sacaba, y la comida y la ropa que le iban dando consiguieron salir adelante.


Fueron tiempos duros en los que la Guerra les pilló por medio, y la época del extraperlo entró a formar parte en el curiculum de mi madre. Cuenta que iba en el tren a S.Sebastián y vendía café, leche, arroz...

De esa etapa creo que guarda el sentido comercial y el don de gentes que la caracterizan hoy a sus 75 años.

Mi madre es como el agua de un río. Caudalosa, fresca, salpicante y pizpireta. Es menuda y menudo corazón tiene. Le gusta cantar porque le gusta vivir. Tiene las manos pequeñas y unos dedicos cortos como raízes de un árbol recién plantado. Adora las flores, y en los balcones de su casa siempre hay geranios. Le apasiona el cine, y sabe de memoria escenas, actores y películas como si las hubiera hecho ella.


Ella y mi padre fueron un matrimonio de los de entonces. Se llevaban bien pero creo que no se entendían mucho. Mi padre trabajaba de guardia municipal, y el resto del tiempo lo empleaba en el huerto. A él lo que realmente le gustaba era la tierra. Murió hace 6 años, pero está siempre conmigo como seguramente no lo estuvo nunca. Lo siento en mi corazón, sentadico en el mismo centro de la arteria que me da la vida. Sus ojos azules me iluminan en los momentos oscuros. A veces sueño con él y tengo la certeza de que está bien porque le veo sonreir.



Hoy que cumplo 38 años me regalan una rosa, e inevitablemente me asomo al pasado. Y es su aroma, el de la rosa el que me hace recordar a Monchiguera.

La casa se deshabitó porque los hijos se fueron y ellos decidieron vivir en otro sitio. Entonces fueron apagándose las flores del jardín. Y comenzó el declive. Las paredes se cayeron y con ellas desapareció mi infancia.


Esta rosa que coloco en el centro de la mesa de la cocina, me la acaba de traer un vecino de Monchiguera. Se llama Felix y es un hombre encantador. Cuenta mi madre que se dedicó Felix días antes de que el ayuntamiento tirara lo que quedaba de casa, a recoger las dalias y rosas que todavía permanecían en la tierra sembrada de cal y ladrillos. Que hizo ramilletes y los fue repartiendo a los vecinos como testigo final de una época maravillosa y tierna.


Gestos tan solidarios hacen que mi vida tenga sentido cuando no encuentro el norte. El tiempo pasa dejándonos su huella. Hoy, desde esta casa, que es la casa de mi madre, recobro la paz y el sosiego de una tarde de agosto.


Veo llegar a mi padre con su sombrero de paja y desde el balcón le llamo, mientras él con una ramita de hierbabuena entre los labios me sonríe.



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