Te lo decía cada vez que nos íbamos, " cuando dejo atrás la ciudad y veo aparecer los espacios abiertos, es cuando comienzo a reconocer el paisaje al otro lado del cristál". Tú sin embargo asegurabas que era en Burgos donde empezaba el viaje, porque la fina lluvia te acercaba al Norte anticipadamente.
- Puedo oler la niebla desde aquí- decías-. Yo te miraba y tú sonriendo me apretabas la mano y decías que sí, que la niebla al igual que los recuerdos tenían olor. Sólo había que cerrar los ojos para sentirlo.
Ahora, en el autobús que me lleva cierro los ojos y recuerdo tus palabras. Poco a poco las imágenes vienen a mi mente y siento por primera vez el olor del recuerdo unido al dolor. Es un olor antíguo, atierra mojada el que me invade; a sardinas asadas en los puertos del atardecer, cuando venías a buscarme ebria de ilusiones y de sol.
Y nos perdíamos calle abajo por la parte vieja de nuestra ciudad. Visitábamos todas las tabernas comiendo pinchos y bebiendo zuritos mientras el amor se nos subía a la cabeza y al corazón.
Y cuando anochecía subíamos las escaleras del puerto y paseábamos por el Paseo Nuevo hasta Gros, sintiendo que aquello era lo más hermoso que nos podía pasar.
Y el sabor del mar se me pega hoy a los labios, agrietados como entonces, y pasa amargo por mi garganta.
- Es imposible sentir el mar en los labios- me decías- porque una cosa es oler la hierba y otra muy distinta que el mar se te meta en la boca.
....Y es en la boca del alma donde hoy llevo metidas todas las horas que pasamos juntas, y también la enorme sensación de vacío que me has dejado. Se ha apagado con tu marcha el sol y se ha encendido una oscuridad inmensa sobre mi vida.
Ya no hay barcos en la mar, ni tardes calurosas, ni paseos. Sólo una terrible catarata de días aplastándome el corazón.
Yo sé que el viaje al Norte ya nunca será igual. Sóla en el autobús recorro km de mi vida a través del paisaje que pasa veloz. Y sé que en algún lugar del camino estás tú.

Siempre me recordabas que las emociones dependían de la dirección que llevasen. Por eso esta mañana de enero, camino de Donosti en mi alma se agolpan todas las horas vividas a tu lado y no es necesario cerrar los ojos para sentir dolorosamente este olor a viento y sal que tu cuerpo desprendía.
Antes de emprender este viaje final, he cerrado la casa donde vivimos. A tí nunca te gustó esta ciudad porque estaba lejos del mar y te faltaba el aire y el color azul.
He dejado todos los objetos como estaban. Yo no tengo valor para permanecer allí un día más. Cada rincón de la casa es una enorme grieta por donde se van colando uno a uno los recuerdos todavía vivos.
...Y empiezo a notar que a mí también me falta el aire; y me llega la imágen tibia de una noche de verano en la que me hablaste por vez primera de la mar.
Porque tú amabas en femenino- decías- y por eso me quisiste desde el primer día que me viste en el malecón.
Todavía siento tus ojos fijos en mí. Volví al día siguiente y todos los demás días.
Y una tarde en la que el sol comenzaba a esconderse, me hablaste de cómo el yodo convertía las energías negativas en positivas y hasta curaba la tristeza y el desamor.
Me confesaste lo mucho que te gustaba ese sitio y que me habías visto días atrás.
Fue entonces cuando me entró la risa y luego las dos reímos como dos tontas. Meses después seguimos encontrándonos en el Paseo Nuevo. Hablábamos de infinidad de cosas y poco a poco me enamoré de tí.
Aunque ahora sé que te quise desde siempre.
Hoy, mientras observo cómo cae la lluvia detrás del cristál, me acuerdo de la tarde de mayo que bajamos por primera vez a la playa. Empezaba a hacer buen tiempo y nos gustaba jugar en la arena y besarnos despacio para comprobar que el salitre de la mar hacía más largo el beso.
Esta mañana de enero la noticia de tu muerte me ha traído todos los olores del pasado mezclados. Voy a tu encuentro en este nuestro último viaje.
No sé si la Tierra ha dejado de rotar, o soy yo la que permanezco inmóvil.
Pero sobreponiéndome al dolor inmenso de perderte, cumpliré tus deseos, y te juro amor, que descansarás con un manojo de viento entre los dedos.
...Y el sabor de la mar que tanto amamos, en tu última sonrisa.








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