" Alguna vez, un alma halló el alma que la completaba".
-José Hierro-
Fueron 23 años de amor, de amor de película para ser más exactos. Nos amamos desde el momento que nos vimos en aquel semáforo en rojo para peatones. También nuestras almas se reconocieron. Mágico instante que une a los seres por siempre. Cuando pasa el tiempo nos damos cuenta que hay personas a las que siempre vamos a recordar y querer, a pesar de las distancias y de los años. Son una parte inseparable de nuestra vida a la que nunca vamos a renunciar.
Vendrán otros amores, otras almas pero ya no será igual.
Ella se fue durante dos largos años a Italia y yo me quedé muriendo de amor, fueron horas, días, meses vacíos sin sus ojos donde yo no encontraba el mar.
La melancolía como un liquen como un alga cayéndome por el pelo hasta empaparme el corazón. Nunca he vuelto a añorar a nadie de esa manera.
El dolor de la ausencia se hacía tan presente que casi me parecía tocarla. Un barco cargado de añoranza era todo lo que tenía.
El destierro en el que me encontré no hallaba consuelo sin su alegría, era imposible que el sol saliera cada mañana si ella no estaba, pero no había ni un solo día sin que su recuerdo y amor me acompañara como un amuleto rodeando mi corazón. Me crecía la nostalgia en los bolsillos a medida que el tiempo pasaba y yo imaginaba cómo sería el día que por fin nos encontráramos para no separarnos nunca.
Es verdad que la distancia es la medida en que las cosas mueren o se refuerzan. Nuestro amor creció porque estaba escrito en algún sitio.
Nos escribíamos largas cartas, hablábamos por teléfono y su voz me acercaba a ella, a su pelo rojo donde yo soñaba con perderme para siempre. El momento de las despedidas se prolongaba en las noches y no encontraba la forma exacta para decirle adiós sin que sintiera un dolor parecido al desgarro de un miembro amputado sin anestesia. Sentía que sin ella mis días eran tristes y oscuros.
El vacío se abría como un precipicio delante de mis ojos y yo resistía un día más, un mes más….
Tenía 22 años cuando la conocí. Ella era una princesa sacada de algún cuento para mí. La vida se encargó de ponernos sobre el mismo camino para que nos encontráramos entre la hojarasca del tiempo. Y supimos reconocernos cuando nos miramos a los ojos por vez primera. El amor nos alcanzó de pleno y nos hizo comprender que ya todo iba a ser diferente a partir de ese momento. Porque las aceras se ensancharon, y el sol iluminaba los días oscuros llenándolos de luz.
Vivimos juntas durante 23 años, felices. Compartir es lo mejor que te puede pasar cuando el amor entra en tu vida, porque este sigue creciendo al mismo ritmo de las manos que lo alimentan. La belleza de lo cotidiano hace que la vida sea más sencilla.
Permanecimos en Madrid 7 años y cuando decidimos regresar también el amor vino dañado como mi hígado. Pasa que el tiempo es malo cuando el tiempo es malo y que las almas se van gastando. El amor se debilita, las personas empezamos a ver mal y el camino de regreso alguien nos lo quitó para siempre.
Han pasado 29 años y seguimos viviendo juntas en la misma casa pero ya no compartimos cama; es tal vez lo único que no compartimos.
Han cambiado muchas cosas desde entonces; el amor es de otra manera pero la ternura y el cariño permanecen intactos como este bolso lleno de cartas que hoy leo mientras se me parte el corazón.








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